Columna de Opinión
Cada verano en Chile repetimos la misma frase: “esto nunca había pasado”. Pero la verdad es que sí ha pasado. Y no una, ni dos veces. Los incendios forestales que hoy afectan a Ñuble, Biobío y otras regiones del país no son una rareza ni un simple accidente del verano. Son una advertencia que llevamos años ignorando.
Desde el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia lo dicen con claridad: estamos enfrentando incendios cada vez más grandes, más intensos y más difíciles de controlar, en un contexto de cambio climático, sequías prolongadas, olas de calor extremas y territorios llenos de vegetación seca que funciona como combustible. La mezcla es peligrosa, y los resultados los estamos viendo hoy, con pueblos evacuados, ciudades cubiertas de humo y miles de hectáreas quemadas.
Pero sería cómodo —y equivocado— culpar solo al clima. Más del 90 % de los incendios en Chile tiene origen humano. Descuidos, quemas mal realizadas, colillas, faenas sin resguardo y, en algunos casos, intencionalidad. A eso se suma que hemos permitido que las viviendas se instalen cada vez más cerca del bosque, sin medidas suficientes de protección. Cuando el fuego aparece, ya no hay barrera que lo detenga fácilmente.
Durante años hemos puesto el foco casi exclusivo en apagar incendios, cuando el problema real comienza mucho antes. Prevenir no es solo tener más brigadas o helicópteros, sino pensar distinto el territorio, reducir el material combustible, planificar mejor las zonas rurales y asumir que este nuevo clima llegó para quedarse.
El cambio climático no es un concepto lejano ni una discusión académica. Está en el calor que agota, en el humo que irrita los ojos, en la ceniza que cae sobre las casas y en el miedo de no saber si el fuego llegará o no. Y frente a eso, la prevención deja de ser un discurso bonito y se transforma en una responsabilidad colectiva.
Pero si de verdad queremos que estos incendios no se repitan una y otra vez, la conversación ya no puede seguir siendo superficial ni estacional. Es momento de exigir a las autoridades una discusión seria y de largo plazo, con normativas claras, fiscalizables y sanciones reales. Que quemar un territorio no sea nunca una oportunidad de negocio: que las tierras afectadas no puedan ser usadas para proyectos inmobiliarios ni industriales por 25 o 30 años, cerrando de raíz el mito —y la sospecha persistente— de incendios “convenientes”.
Que la industria forestal asuma responsabilidades proporcionales al riesgo que implica operar en un clima cada vez más extremo, con medidas preventivas obligatorias, controles efectivos y sanciones ejemplificadoras cuando no se cumplan.
Tal vez —solo tal vez— con reglas firmes, voluntad política y una ciudadanía activa, podamos avanzar en un escenario de cambio climático que no da tregua, pero donde al menos el fuego deje de ser una consecuencia de la desidia y el peor error sería seguir tratando estos incendios como una excepción.
Porque cuando la emergencia se vuelve rutina, lo verdaderamente urgente es cambiar antes de que lamentar sea la única alternativa.
Fuente: https://www.cr2.cl/los-incendios-catastroficos-en-chile-en-un-contexto-de-cambio-climatico/





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