
Angelica Cuevas Palominos
Abogada y Magíster en Política y Gobierno, Gestión ambiental y municipal.
Cada 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. Más que una fecha simbólica, es una invitación a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con nuestro entorno y las decisiones que tomamos para las generaciones futuras.
En Ñuble, esta reflexión tiene un significado especial. Vivimos en una región privilegiada por su riqueza natural, con bosques, ríos, humedales, cordillera, valle y costa. Pero también conocemos de cerca los efectos de la escasez hídrica, los incendios forestales, la contaminación atmosférica y las consecuencias del cambio climático.
Durante años se instaló una falsa dicotomía entre desarrollo económico y protección ambiental. La experiencia internacional y la evidencia científica han demostrado que no son intereses contrapuestos, son aliados indispensables para construir una mejor calidad de vida para las personas, el desafío consiste en avanzar hacia un desarrollo que genere oportunidades y progreso, sin comprometer los recursos naturales que sostienen nuestra calidad de vida.
En esa perspectiva, Chile ha avanzado en la construcción de una institucionalidad ambiental moderna, ejemplo de ellos es la implementación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), la consolidación de la Ley REP y la protección de humedales urbanos son ejemplos concretos de una agenda ambiental que continúa evolucionando.
Lo clave es internalizar que el cuidado del medio ambiente no depende únicamente de grandes acuerdos internacionales o de complejas políticas públicas. También se construye desde las acciones cotidianas de personas, familias, empresas, organizaciones sociales y municipios.
Porque los desafíos que enfrentamos son cada vez más complejos: El primero de los desafíos es la seguridad hídrica. En una región agrícola como Ñuble, el agua no solo es un recurso ambiental; es la base de la producción de alimentos, del desarrollo rural y de la calidad de vida de miles de familias. La adaptación al cambio climático exige una gestión más eficiente de las cuencas, mayor infraestructura hídrica y una cultura de uso responsable del agua. El segundo es la protección y restauración de la biodiversidad. Debemos avanzar en la recuperación de ecosistemas degradados, la protección de humedales y la restauración de bosques nativos. El tercero es la calidad del aire. La contaminación atmosférica sigue siendo una de las principales preocupaciones ambientales en el centro sur de Chile. La experiencia de Chillán y Chillán Viejo demuestra que los avances requieren trabajo conjunto entre el Estado, los municipios y la ciudadanía.
Trabajamos en el continuo fortalecimiento de la educación ambiental, la protección de nuestros ecosistemas, la restauración de paisajes degradados, la seguridad hídrica y la participación ciudadana. Debemos hacerlo.
Cuidar el medio ambiente no es una tarea de unos pocos ni una causa de moda. Es una responsabilidad compartida y una condición indispensable para construir una región más resiliente, más justa.
Porque el mejor legado que podemos dejar no es solo una economía fuerte o una infraestructura moderna. Es también un territorio capaz de seguir entregando agua, aire limpio, biodiversidad y bienestar.
Ese es el desafío de nuestra generación. Y también nuestra oportunidad.




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