Este 30 de julio se agotan simbólicamente los recursos naturales que la Tierra puede regenerar durante 2026. En Chile ocurrió el 7 de mayo. La diferencia debería encender las alarmas en un país que busca salir del estancamiento económico apostando otra vez por la extracción de sus recursos, mientras la ciencia y la innovación siguen sin ocupar un lugar urgente en la estrategia de desarrollo.
Este 30 de julio, la humanidad alcanzó el denominado Día del Sobregiro de la Tierra (Earth Overshoot Day). La fecha marca el momento en que la demanda de recursos y servicios ecológicos de la humanidad supera lo que el planeta es capaz de regenerar durante todo un año. Según Global Footprint Network, en 2026 el sobregiro mundial llega al nivel más alto registrado y supone que la humanidad está utilizando la naturaleza a una velocidad equivalente a la disponibilidad de 1,73 planetas Tierra.
Pero hay una cifra que debería llamar especialmente la atención en Chile: nuestro país llegó a su propio sobregiro el 7 de mayo.
Es decir, mientras a escala planetaria recién este 30 de julio se marca el momento en que la humanidad comienza a vivir ecológicamente por sobre la capacidad de regeneración de la Tierra, Chile ya llevaba casi tres meses utilizando recursos naturales por encima de lo que sus ecosistemas pueden regenerar en un año.
El dato no es nuevo. En mayo, Chile volvió a ser el primer país latinoamericano en alcanzar esta fecha, por séptimo año consecutivo. Este año, además, lo hizo diez días antes que en 2025.
La diferencia entre ambas fechas permite mirar el problema desde otra perspectiva. El sobregiro ecológico no es solamente una advertencia ambiental. También puede leerse como una señal económica sobre la sostenibilidad del modelo de desarrollo.
El problema no es solo cuánto crecemos, sino cómo
Chile lleva años intentando responder a una pregunta difícil: cómo recuperar tasas de crecimiento capaces de sostener empleos, ingresos y desarrollo después de una prolongada etapa de menor dinamismo.
Las cifras actuales muestran que el problema sigue abierto. En junio, el Banco Central redujo su proyección de crecimiento para 2026 a un rango de entre 1% y 1,75%, después de un primer trimestre más débil de lo esperado. El propio instituto emisor señaló que parte importante de ese desempeño estuvo vinculada al menor dinamismo de sectores asociados a recursos naturales, como minería, agricultura y pesca.
En este escenario, la salida más inmediata suele volver a ser conocida: más inversión, más extracción, más proyectos mineros, más infraestructura asociada a recursos naturales y una aceleración de las autorizaciones para ponerlos en marcha.
La discusión sobre la necesidad de inversión no admite demasiadas dudas. El problema aparece cuando la respuesta al estancamiento termina siendo casi exclusivamente aumentar la intensidad con que explotamos aquello que ya estamos utilizando por encima de nuestra capacidad de regeneración.
Porque si Chile enfrenta simultáneamente un problema de crecimiento y un problema de presión creciente sobre sus recursos naturales, no parece suficiente preguntarse cómo extraer más. La pregunta estratégica debería ser otra:
¿Cómo hacemos para producir más valor utilizando menos recursos y generando mayores capacidades tecnológicas?
Ahí el debate cambia completamente.
El sobregiro como señal de agotamiento de una fórmula
Chile construyó buena parte de su éxito económico reciente sobre la explotación y exportación de recursos naturales. El cobre, la pesca, la agricultura, la madera, la energía y, más recientemente, el litio, han permitido al país integrarse a los mercados internacionales y generar ingresos relevantes.
Pero una economía basada fuertemente en recursos naturales enfrenta una contradicción cada vez más evidente: los recursos que permiten generar crecimiento también tienen límites físicos.
El sobregiro ecológico pone esa contradicción sobre la mesa.
No significa que Chile deba dejar de producir cobre, litio o alimentos. Tampoco que la actividad extractiva sea, por definición, incompatible con el desarrollo. Significa algo más incómodo: que no podemos seguir confundiendo disponibilidad de recursos con disponibilidad infinita.
La fecha del 7 de mayo debería ser entendida, en ese sentido, como un indicador de presión sobre nuestro propio modelo productivo.
Y esto adquiere mayor relevancia cuando el debate económico vuelve a centrarse en acelerar proyectos extractivos como una respuesta urgente a la falta de crecimiento.
La paradoja de un mundo que necesita minerales y al mismo tiempo enfrenta límites ecológicos
La situación internacional hace todavía más compleja esta discusión.
El mundo está atravesando una transformación energética y tecnológica que requiere enormes cantidades de minerales. Chile ocupa una posición privilegiada en esa transición por sus reservas y producción de cobre y litio. Las proyecciones de inversión minera para los próximos años muestran justamente la magnitud de esta apuesta: Chile ha elevado su estimación de inversión minera hasta 2034 a más de US$104 mil millones.
Al mismo tiempo, el escenario internacional demuestra los riesgos de depender excesivamente de recursos estratégicos y combustibles.
El conflicto en Medio Oriente ha provocado fuertes perturbaciones en el mercado energético. El Banco Central ha advertido que el aumento de los precios internacionales de los combustibles está generando presiones inflacionarias y elevando la incertidumbre para la economía chilena. En su informe de junio, además, señaló que el cierre del estrecho de Ormuz continuaba afectando el precio del petróleo.
Es una paradoja que debiera obligarnos a pensar más allá de la coyuntura.
Mientras el mundo entra en conflictos por combustibles y materias primas estratégicas, Chile continúa dependiendo fuertemente de la extracción y exportación de recursos naturales para sostener su crecimiento.
Eso puede ser una ventaja en el corto plazo. Pero también puede convertirse en una vulnerabilidad si no somos capaces de transformar esos recursos en conocimiento, tecnología, capacidades industriales y nuevas actividades económicas.
¿Dónde está la apuesta por la innovación?
El punto más preocupante del debate actual es que la investigación, el desarrollo tecnológico y la innovación siguen apareciendo mucho menos como una respuesta inmediata al estancamiento económico.
Y probablemente aquí esté una de las discusiones más importantes para el Chile de los próximos años.
La innovación suele presentarse como una política de largo plazo, casi como un lujo que puede abordarse cuando las urgencias económicas hayan sido resueltas. Pero la experiencia internacional muestra precisamente lo contrario: las capacidades científicas y tecnológicas son parte de la infraestructura económica que permite enfrentar las crisis y cambiar la estructura productiva.
El propio Banco Central ha destacado en su escenario internacional el dinamismo de los sectores tecnológicos y cómo las nuevas tecnologías han sostenido la inversión y la actividad en algunas economías.
Chile, en cambio, corre el riesgo de responder a su menor crecimiento recurriendo una vez más a aquello que conoce mejor: extraer más.
La alternativa no debería ser escoger entre crecimiento y medio ambiente. Debería consistir en cambiar la naturaleza del crecimiento.
Más ciencia aplicada a la minería para producir con menos agua y energía. Más tecnología para recuperar materiales y reciclar minerales. Más investigación en almacenamiento energético. Más desarrollo de soluciones para agricultura en condiciones de estrés hídrico. Más innovación en desalación, tratamiento y reutilización de agua. Más industria asociada al cobre y al litio. Más capacidades para producir bienes y servicios tecnológicos desde Chile.
En otras palabras: pasar de ser solamente un país que extrae recursos a ser un país que desarrolla las tecnologías necesarias para utilizarlos de manera más eficiente y convertirlos en mayor valor económico.
Vivir a crédito no puede ser la estrategia de desarrollo
El concepto de sobregiro ecológico tiene una fuerza particular porque utiliza una metáfora económica conocida: la deuda.
Cuando un país entra en sobregiro ecológico, está consumiendo durante el resto del año más recursos de los que sus ecosistemas son capaces de regenerar en ese período. El déficit se sostiene consumiendo reservas, degradando ecosistemas y acumulando impactos ambientales. Global Footprint Network utiliza precisamente este indicador para mostrar la distancia entre nuestra demanda ecológica y la capacidad de regeneración del planeta.
Chile lleva siete años llegando a este punto antes que el resto de América Latina.
Por eso, el 30 de julio no debería ser solamente una fecha internacional para recordar la crisis ambiental. Para Chile debería ser una oportunidad para mirar hacia atrás y preguntarnos qué significa que nuestro propio sobregiro haya ocurrido el 7 de mayo.
Y la pregunta no debería quedarse únicamente en el ámbito ambiental.
¿Qué tipo de economía queremos construir si nuestro crecimiento depende de consumir cada vez más rápido aquello que nuestros ecosistemas pueden regenerar?
En un escenario internacional marcado por conflictos, volatilidad energética, competencia por minerales críticos, cambio climático y aceleración tecnológica, insistir exclusivamente en aumentar la extracción puede parecer una solución rápida. Pero difícilmente constituye una estrategia de desarrollo suficiente.
El desafío es más grande: utilizar la riqueza natural de Chile para construir una economía menos dependiente de ella.
Eso exige inversión, pero no solamente inversión minera. Exige inversión en universidades, centros tecnológicos, infraestructura científica, empresas de base tecnológica, formación de capital humano, transferencia tecnológica y capacidades productivas.
Exige entender que la investigación y la innovación no son el capítulo posterior del desarrollo. Son una de las condiciones para que exista desarrollo cuando los límites físicos empiezan a hacerse evidentes.
El 30 de julio el planeta entró en sobregiro.
Chile lo hizo el 7 de mayo.
La diferencia de casi tres meses debería ser mucho más que una estadística. Debería convertirse en una señal para discutir si la próxima etapa del desarrollo chileno seguirá consistiendo en extraer más rápido o en aprender a producir más valor con menos naturaleza.
Porque si el crecimiento económico se mide únicamente por cuánto somos capaces de sacar de la tierra, el sobregiro seguirá llegando cada vez más temprano.
La verdadera pregunta es si seremos capaces de hacer que el crecimiento avance en la dirección contraria.




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