Pronósticos apuntan a un episodio de El Niño que podría alcanzar una intensidad excepcional entre fines de 2026 y comienzos de 2027. Las lluvias inusuales de primavera, las posibles olas de calor y los riesgos para el agua, la agricultura y los ecosistemas reabren una pregunta: ¿está Chile preparado para enfrentar los extremos climáticos mientras parte del debate político cuestiona el cambio climático?


Chile enfrenta una primavera marcada por precipitaciones inusuales en la zona central y proyecciones de altas temperaturas para el próximo verano. A este escenario se suma la posibilidad de que El Niño alcance una intensidad excepcional durante los próximos meses. Mientras especialistas advierten sobre sus posibles efectos, el diputado Cristóbal Urruticoechea, del Partido Nacional Libertario (PNL), afirmó en la Cámara de Diputadas y Diputados que el cambio climático es algo en lo que su sector «no cree», instalando nuevamente la discusión sobre el lugar de la evidencia científica en las decisiones públicas.

El Niño «Godzilla»: ¿qué tan extremo podría ser?

El Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) advirtió en su análisis de mayo de 2026 que los modelos climáticos anticipaban un evento de El Niño fuerte o muy fuerte hacia fines de año. Algunas simulaciones individuales proyectaban anomalías de hasta 4 °C en la temperatura superficial del mar de la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial, aunque el centro aclaró que ese valor no representaba el consenso de los pronósticos.

La actualización publicada por Meteored el 21 de octubre volvió a situar el posible máximo en torno a los 3,5 °C, de acuerdo con el promedio de los modelos recopilados por el Instituto Internacional de Investigación sobre el Clima y la Sociedad (IRI), de la Universidad de Columbia. La publicación también reportó que la anomalía semanal había alcanzado los 3,3 °C a mediados de octubre, según el indicador utilizado en ese análisis.

En su análisis, el CR2 llamó a interpretar las proyecciones con cautela y recordó que un fenómeno intenso no implica necesariamente que todos los impactos esperados se materialicen en todos los territorios.

Lluvias, inundaciones y olas de calor: las señales que ya preocupan

Las consecuencias de El Niño varían según la estación y la zona geográfica. En Chile central, el fenómeno suele favorecer condiciones más lluviosas durante el invierno y la primavera, aunque sus efectos dependen de otros factores atmosféricos.

Durante octubre, la Región Metropolitana ha registrado episodios de precipitaciones intensas, tormentas eléctricas y anegamientos. En una publicación de La Tercera del 21 de octubre, el doctor en Ciencias Atmosféricas y Meteorología Jorge Castro relacionó las condiciones cálidas y húmedas del océano Pacífico con una mayor disponibilidad de humedad para los sistemas meteorológicos que afectan la zona central.

El especialista advirtió, además, que El Niño podría mantenerse hasta comienzos del otoño y que el próximo verano podría presentar olas de calor. No obstante, los pronósticos estacionales no permiten anticipar con precisión la fecha, duración o ubicación de cada evento.

Por eso, la preparación no consiste únicamente en reaccionar ante las lluvias, sino también en anticipar los riesgos que podrían aparecer durante el verano.

El agua y la agricultura: un fenómeno con efectos desiguales

El Niño no significa que todo Chile vaya a recibir más lluvia ni que la escasez hídrica vaya a desaparecer. Sus efectos cambian según la región y la época del año.

En la zona central y centro-sur, las precipitaciones pueden contribuir a recuperar caudales y reservas de agua, pero también aumentar el riesgo de crecidas, inundaciones y daños en infraestructura cuando se concentran en períodos breves. En otras áreas, las condiciones pueden ser más secas de lo habitual.

La agricultura enfrenta un escenario similar. La disponibilidad de agua puede beneficiar determinados cultivos, mientras que las lluvias intensas, los anegamientos, las altas temperaturas y los cambios en los calendarios de producción pueden generar pérdidas y dificultades operativas.

A ello se suma el efecto del calentamiento del océano sobre los ecosistemas marinos. El aumento de la temperatura superficial del Pacífico puede modificar las condiciones de los hábitats y la disponibilidad de nutrientes, con consecuencias para la biodiversidad y las actividades pesqueras.

El cambio climático en el centro del debate político

Mientras la comunidad científica monitorea la evolución del fenómeno, la discusión también llegó al Congreso.

Según informó BioBioChile el 22 de octubre, el diputado Cristóbal Urruticoechea cuestionó el lenguaje sobre cambio climático utilizado por la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, durante la presentación del estado de avance del Programa de Regulación Ambiental 2024-2025 ante la Cámara.

«El lenguaje, el cambio climático, cosa en la que nosotros no creemos», afirmó el parlamentario, quien también criticó tratados internacionales y cuestionó el desempeño de los evaluadores ambientales por considerar que excederían las normas durante la tramitación de proyectos.

La diputada Andrea Macías, del Partido Socialista, manifestó su respaldo a la ministra y defendió la necesidad de avanzar en normas que permitan reducir los impactos ambientales. Por su parte, el diputado Luis Pardo, de Renovación Nacional, planteó que la discusión debe centrarse en revisar los reglamentos y buscar un equilibrio entre el desarrollo económico y la protección ambiental.

Las intervenciones muestran que el debate no se limita a reconocer o cuestionar un fenómeno: también involucra el alcance de las regulaciones, los tratados internacionales, los costos de las medidas ambientales y la relación entre inversión y protección de los recursos naturales.

El Niño y el calentamiento global no son lo mismo

Una de las distinciones más importantes para entender el escenario actual es que El Niño y el cambio climático son fenómenos relacionados, pero diferentes.

El Niño forma parte de la variabilidad natural del sistema océano-atmósfera del Pacífico tropical. Se produce cuando cambian las temperaturas de la superficie del mar y la circulación atmosférica, alterando los patrones meteorológicos en distintas partes del mundo. Es un fenómeno recurrente, que alterna con La Niña y condiciones neutrales.

El cambio climático actual, en cambio, está impulsado principalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de actividades humanas, según la evidencia científica internacional. El calentamiento global modifica las condiciones de base sobre las que se desarrollan los fenómenos naturales.

En cuanto a la relación entre ambos, el CR2 ha advertido que la investigación no permite afirmar de manera concluyente que el calentamiento global esté haciendo que El Niño ocurra con mayor frecuencia o que todos sus episodios sean más intensos. No obstante, un planeta más cálido puede amplificar determinados impactos, por ejemplo, al elevar las temperaturas de fondo y favorecer olas de calor más severas.

¿Qué debería hacer Chile frente a este escenario?

Más allá de la controversia política y de la incertidumbre de los pronósticos, la pregunta central es cómo reducir los riesgos para la población.

La prevención requiere fortalecer los sistemas de alerta temprana, mantener limpios los cauces y los sistemas de evacuación de aguas lluvias, revisar la infraestructura expuesta a inundaciones y preparar a los servicios de emergencia. También exige planificación para enfrentar olas de calor, proteger a las personas más vulnerables y reducir los riesgos asociados a los incendios forestales.

En el ámbito agrícola, la información meteorológica y la planificación del riego pueden ayudar a reducir pérdidas. En materia hídrica, el desafío consiste en administrar las reservas sin asumir que una temporada lluviosa resolverá problemas estructurales de abastecimiento.

La comunicación pública también es fundamental: informar qué se sabe, qué se proyecta y qué sigue siendo incierto permite que las personas tomen decisiones sin caer en el alarmismo ni en una falsa sensación de seguridad.

El desafío de fondo

Chile no necesita elegir entre la prevención y el debate sobre las políticas ambientales. Puede discutir los costos y beneficios de cada regulación, exigir transparencia a las autoridades y evaluar las decisiones públicas, al mismo tiempo que considera la evidencia científica disponible.

La pregunta que queda abierta es cuánto está dispuesto a invertir el país en anticiparse a estos escenarios y qué peso tendrá la evidencia científica en las decisiones que afectan el agua, la salud, la producción y el territorio.

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